El propósito que nos anima al crear este nuevo blog es mantener vivo en el recuerdo ese retazo de tierra taína que nos vio nacer: Banes, acercando a todos los Banenses a través de la evocación de imágenes y recuerdos. Es el sitio virtual idóneo para detenerse a conversar, como en los viejos tiempos, relatando anécdotas que nos lleven definitivamente al reencuentro con el pasado. Complementa nuestra exposición una iconografía banense, así como una galería de banenses ilustres.

domingo, 6 de febrero de 2011

Un artículo de Gastón Baquero y las revelaciones de monseñor. O la mojigatería, duplicidad e hipocresía de algunos capitostes de la iglesia católica cubana. Monday, January 17, 2011 | Por Rolando D. H. Morelli TOMADO DE: CUBANET.ORG


Un artículo de Gastón Baquero y las revelaciones de monseñor. O la mojigatería, duplicidad e hipocresía de algunos capitostes de la iglesia católica cubana.

| Por Rolando D. H. Morelli
FILADELFIA, Pensilvania, enero, www.cubanet.org
(I)
Decir que alguna vez conocí a Gastón Baquero en Madrid no es afirmar que lo haya conocido. No fuimos amigos, es decir, no llegamos a serlo. Llegamos a almorzar en el legendario Café Gijón en compañía de otro poeta, José Mario, a través de quien le conocí personalmente. Conversó él frente a nosotros. Éramos allí necesarios para que no se tratara de un monólogo. No sermoneó ni explicó cual dómine una clase en la lengua descarriada del poeta. Mario y yo entendimos que nuestro lugar era escuchar y aprender. ¡Qué privilegio irrepetible en verdad!  Luego he continuado leyendo y nutriéndome del manjar de su poesía y del verbo vivo de sus ensayos. Otra vez alcancé a verle, siempre en torno a una mesa —se escuchaba su voz y la de otro a quien llegué a conocer un poco más, Enrique Labrador Ruíz—. Hablaban. Y esto es lo singular. Todo el café callaba como en un suspenso. ¡En España! ¡En un café madrileño! Atentos como buenos escolares, hasta los camareros parecían andar en puntas. No pude quedarme hasta el final. Una amiga me esperaba ya frente a la Biblioteca Nacional. Me contaron luego que al término de aquella “conversada” entre dos grandes —sin pretensión alguna de serlo— estalló el café en pleno en una cerrada ovación.
El palimpsesto que desde el año 1959 han llegado a ser la historia, la literatura y la memoria colectiva cubanas, en manos de inescrupulosos gobernantes y crapulosos apuntadores y apostilladores no puede en buena lógica dar cuenta de nombres como los del gran poeta, periodista y ensayista Gastón Baquero, exiliado desde el año cincuenta y nueve en España y muerto el quince de mayo de 1997 en una residencia de ancianos madrileña. Y no podría darla por la simple razón de no ser accidental la supresión de este nombre que viene a sumarse a una nómina de inconsolable pérdida para el cubano de la isla. De ahí que, suene mal y apeste a azufre la declaración de Monseñor Carlos Manuel de Céspedes García Menocal, quien desde La Habana, y desde las páginas de la revista Palabra Nueva, nada menos, afirma al comienzo de un artículo sobre el poeta: «Para escribir acerca de Gastón Baquero, en La Habana, en el año 2010 se hace necesaria una nota introductoria, a modo de presentación. Solamente las personas muy estudiosas del periodismo en nuestro país, de la literatura cubana, o los ancianos como yo, somos capaces hoy de identificar a Gastón». Si tal afirmación se produjera respecto a un olvidado por razones de gusto literario como puede ocurrir y tantas veces ocurre en la historia de la literatura, lo dicho por el monseñor pudiera tomarse por la declaración inocente que está muy lejos de ser. Gastón Baquero, a quien “re-introduce” aparentemente de contrabando García Menocal, retrospectivamente, es decir al momento de “despedirse” éste de sus lectores naturales del Diario de la Marina para tomar el camino del exilio, no es un olvidado ni un desconocido sino un desterrado de la memoria histórica y cultural de la que se resiente en su ignorancia el pueblo tiranizado de la isla. Tronitronante, e inapelable como un Júpiter de opereta trágica, el arrogante aventurero comunista argentino Ernesto Guevara de la Serna tildó en alguna ocasión a Gastón de ser «la voz de la reacción», cosa que ahora, en un susurro que quiere ser beatífico vuelve a llamarle desde La Habana, Monseñor Carlos Manuel de Céspedes García-Menocal. ¿Por qué razón, ahora de repente se siente movido a escribir sobre el poeta Gastón Baquero, fallecido en su exilio español el mes de mayo del noventa y siete? ¿Cómo hacerlo si no para injuriar con sinuosa malevolencia la memoria de Baquero, luego de declarar no hace mucho el plumista su exaltada y devota admiración por el asesino guerrillero argentino                            —nacionalizado cubano—, matador de innumerables víctimas cubanas inocentes valido éste de su convicción y argucia anti-burguesa, revolucionaria e izquierdista de que “ser enemigo de clase es toda la evidencia que hace falta para fusilar sin arreglo a cualquier legalidad” a un cristiano cualquiera.  Pero las muertes infligidas por decreto del comandante Guevara y de sus camaradas no se limitan a las de los fusilados, sino que abarcan a los millares de millares de cubanos privados de la libertad, empujados a sus muertes respectivas en el exilio, en alta mar, o en las cientos de cárceles que marcan con sus otros cardenales el mapa de una nación que ha construido más cárceles que casas para su pueblo en más de medio siglo de tiranía.
Podría quizás pensarse que Monseñor pone el parche antes de que salga el grano de la posible discordia con su “revelación” de “la despedida” de Gastón Baquero del año 59 en las páginas del Diario de la Marina, pero tengo la convicción de que algo más deshonesto ocurre con este señor, como ocurrió sin dudas con Cintio Vitier y su esposa, y con el poeta Eliseo Diego, encuerado el último por su hijo en las páginas de un Informe contra [sí] mismo cuyo valor testimonial acredita precisamente esto que afirmo.
Como quien no altera un solo pliego de su capa pluvial por aquello sin dudas de nadar y guardar bien la ropa, escribe el monseñor respecto a las diferencias que según indica se suscitaron entre Baquero y sus amigos «con relación a su exilio y a las realidades revolucionarias», que «hubo “peleítas” (sic) con eco literario, pero como había amistad real, se superaron bastante pronto y, hasta donde sé, no dejaron roñas ni moho». Y añade seguidamente: «Fue amigo de los poetas de Orígenes y de muchos más, y ellos lo fueron de él antes y después de su exilio en España, hasta su muerte. Entre los años sesenta y noventa, algunos de esos escritores, si yo viajaba a Europa, al regreso me preguntaban: ¿Pasaste por Madrid? ¿Viste a Gastón?».
Admitamos la sagacidad magistral del prelado para esconder y amañar tanto en tan pocas líneas. A la ya tradicional duplicidad y a los cantinfleos de la jerarquía católica cubana de la isla se suman aquí sin duda alguna sus propias contribuciones. Nótese la oposición que establece y despacha graciosamente entre “el exilio de Gastón” y “las realidades revolucionarias” de “sus amigos” como si el exilio, al exterior o al interior (entre otros de Lezama Lima o Virgilio Piñera para sólo mencionar dos de los origenistas más destacados), no se tratara en primer y último término de una de las más innegables “realidades revolucionarias” impuestas a unos y otros. Pero donde más la birla el capitoste eclesial es cuando afirma sin inmutarse tampoco, como corresponde a su papel, «entre los años sesenta y noventa, algunos de esos escritores, si yo viajaba a Europa, al regreso me preguntaban: ¿Pasaste por Madrid? ¿Viste a Gastón?»  Toda una declaración de principios. Por décadas, valido acaso de la resonancia que pudieran despertar sus apellidos, o al menos el primero de estos, en círculos de interés para el régimen de La Habana, o de sus credenciales de monseñor, éste se paseó las Europas, y pudo haber visitado a Baquero a fin de traer noticias a esos otros amigos prisioneros virtuales en La Habana, que como Lezama y tantos otros se veían impedidos de viajar para recoger un premio literario en ninguna parte o impartir una conferencia a la que habían sido invitados. Bastaría como botón de muestra leer el epistolario del poeta publicado por su hermana Eloísa para calar en la desolación, el desamparo y la frustración del poeta habanero. A continuación, Monseñor de Céspedes García-Menocal dedica una tirada a clasificar como un bicho raro de la concepción política al exiliado Baquero, llegando a la indignidad de hacerse eco de rumores pretendidamente descalificadores como eso de «se dice, y creo que con razón, que su pensamiento socio-político era, ante todo el de un “anticomunista furibundo” (sic)». ¡Qué miedo, Monseñor! Desconfiar así de Lenin, de Stalin, de Mao, de los Castro, de la vocación decididamente democraticida y asesina de estos. Es para ponerse a pensar de qué modo pudo ocurrirle a Baquero una cosa semejante, sin dudas.
Más adelante, como una concesión que hiciera a su declaración previa añade monseñor: «se dice también que Gastón era un demócrata de derechas, ya que no se sentía cómodo con regímenes no constitucionales, es decir, “dictatoriales” (las comillas son del original), no jurídicamente enraizados y protegidos, fuesen estos de derecha o de izquierda».  En fin, parece que lo de Gastón se trataba de un fastidioso prurito de formas y por eso, en fin, se exilió en España. A renglón seguido afirma Monseñor de Céspedes como si no lo hiciera, creer que «en España, Gastón Baquero llegó a ser amigo personal del Generalísimo Francisco Franco. En Cuba —susurra— se ha dicho que lo había sido también de Fulgencio Batista, su coterráneo». ¿Qué hubo si tal hubiera sido de aquello antes declarado por el monseñor respecto a “los amigos” y “la amistad real” a pesar de las ideologías? Lo que se propone, intencional o sesgadamente tal afirmación, es consumar un asesinato. Lo que en inglés se llama “character assasination” y en español llamamos “descaracterización” de Baquero. ¡Buen literato! ¡Buen escritor! Pero “un reaccionario” en lo político: ¡un verdadero derechista! No basta conque el poeta cuya memoria presuntamente se venera pertenezca ya al mundo de los muertos. Su condición de exiliado político de la tiranía castrista sigue pesando sobre él como una condena más allá de la muerte Como ya antes ocurriera con Lydia Cabrera, Lino Novás Calvo y alguno otro, —lo anticipo aquí— se trata de “recuperar” a Baquero como gesto de cara a la galería de imbéciles y tontos útiles que fuera de Cuba aún esperan poco menos que el milagro de la Revolución. ¡Vean que YA se publican esos autores que antes estaban prohibidos! ¡Algo al fin comienza a cambiar! —dirán—. En otro momento se adujeron como “razones” para no publicar a un autor bien la falta de papel, de tinta o “de los derechos de autor” que a las autoridades del régimen traían sin cuidado cuando mejor les parecía. En otros casos se justificó la prohibición esgrimiéndose la enemistad profesa de un autor contra el régimen: Cabrera Infante. Las argucias de éste y otro género no se agotan. El régimen dispone de un abanico de ellas y sobre todo cuenta con la ingenuidad o la cómplice adhesión de sus adeptos de toda clase, fuera de Cuba. Tal vez monseñor haya sido encargado de establecer una cabeza de playa, o de existir ésta, haya decidido acogerse a su amparo sombreado. ¿Al fin, será leído Baquero en su país? ¿Consentirán sus enemigos naturales que son los de la libertad y los de la creación libre que se conozca en Cuba su nombre y su obra? ¿Se le admitirá a los aeropuertos en los mostradores de área dólar donde algún turista sentimental pueda adquirirlo y otros puedan convencerse de este modo de que es leído en Cuba?  ¿A qué farsa se presta con su pieza venenosa el purpurado de tan ínclitos apellidos
Véanse estas otras afirmaciones y penetremos el trasunto de las mismas. Respecto al Diario de la Marina, que es también hablar por interposición de Baquero, nos dice monseñor: «El Diario de la Marina, con el que se le relaciona casi siempre [la voz de la reacción, le llamaría Guevara], era considerado, con válidas razones, un ‘diario de derechas’, conservador, pero también un diario de altísima calidad literaria». ¡Vamos, como si dijésemos, un New York Times de signo diferente! «Muchos escritores cubanos de izquierda no le negaron su pluma, ni la dirección del Diario dejó de abrirles sus puertas (entiéndase: con relación a temas culturales más o menos políticamente inocentes), a pesar de que esos escritores, en términos generales, en el período de la Guerra Civil en España (1936-1939), apoyaban a la República, no al golpe de estado franquista, y se identificaban, en casi todas las situaciones, como personas ‘de izquierda’».
Puestos a hablar de esa izquierda intelectual de la que formaron parte personas que responden a nombres como Lino Novás Calvo o Carlos Montenegro, entre otros, habría que decir que muchos al igual que Baquero tomaron las de Villadiego con el advenimiento del actual régimen en Cuba, murieron en el exilio también y fueron borrados igualmente de la nómina de nuestra cultura nacional. Monseñor que tan puntilloso puede ser a veces, se salta esta barrera juvenilmente a pesar de su auto-proclamada ancianidad. La historiografía de la Guerra Civil española, así como la referida a la efectividad de la propaganda comunista antes y después de la época estalinista, ha sido lo bastante enriquecida con materiales de primera mano: archivos secretos, documentos de las agencias secretas envueltas en las sucesivas campañas de propaganda y contra-propaganda, entre otras fuentes, como para seguir aseverando como hace el monseñor que Franco y las fuerzas nacionales españolas se enfrentaron a la llamada República, cuando es evidente que fueron los radicales de izquierda (casi sin excepción) quienes al amparo de una “república” que habían dinamitado desde la legalidad, proclamaron incesantemente la “necesidad de ir a la guerra” a la manera en que Lenin lo había hecho en Rusia, apoderándose de la Revolución burguesa que derrotó al zarismo. La voz excepcionalmente lúcida y democrática del dirigente socialista e intelectual Julián Besteiro viene, como excepción, a corroborar una regla innegable que monseñor pasa por alto con sus lugares comunes interesados, pues se trató del único de los dirigentes de izquierda que anticipó la guerra civil y clamó contra ella y sus propios compañeros que veían en ella un recurso para acceder de una vez por todas al poder absoluto y total. Recomiendo al plumista la lectura de historiadores serios y documentados como Payne o Pío Moa, y en particular, de éste último Los mitos de la guerra civil.
Seguirá siendo un misterio posiblemente, porqué precisamente ahora se decide el anciano monseñor a “difundir” según afirma el texto “con el que Gastón Baquero se despidió de Cuba en 1959”. ¿A qué «momento actual de nuestra patria» en concreto se refiere el que escribe cuando afirma que si ahora difunde lo escrito en aquel año aciago para Cuba por el exiliado Baquero ello se debe a que «el texto de Gastón tiene un significado ético muy especial»? No obstante ese significado ético tan especial que le atribuye al texto de Baquero, sigue diciendo el articulista: «Durante el resto de su vida, hasta donde llegan mis informaciones, no solía hacer declaraciones ásperas sobre Cuba, aunque sus textos publicados en España, en Miami, y en algunos países latinoamericanos no manifestaban simpatía alguna por la Revolución. Además, cuando fue invitado a participar en coloquios literarios con poetas de las dos orillas, no se negó a hacerlo y todos consideraron enriquecedora su participación serena. Conversar con él en Madrid era un privilegio que supe disfrutar, aunque no con la frecuencia que hoy desearía haber mantenido. Toda la responsabilidad [en tal sentido] estuvo de mi parte»
Hace ya varios años, siempre al servicio de los poderosos, Lisandro Otero empleaba parecida táctica a la utilizada ahora por monseñor, para “revelar” entonces a su vez un escrito de Novás Calvo en la revista Unión (del oficialista gremio de escritores y artistas reconocidos por el régimen de Cuba), con lo que se “recuperaba” (sic) la figura y la obra de Novás Calvo, a partir de entonces editado con tiento y precedido siempre de prólogos “aclaratorios” para que el lector “sepa” de quién se trata y no corra el riesgo de pensar por su cuenta. De cualquier modo no se trata de una labor de divulgación, sino de un gesto para acallar críticos en el exterior.
Por su parte monseñor de Céspedes García-Menocal, como quien dice sin decir diciendo otras cosas, se recrimina no haber considerado en su momento, los alcances del privilegio —doble, debemos apuntar— que lo asiste en el momento de conversar con Baquero en Madrid. ¿Es que entonces no veía verdaderas razones para “conversar” como Dios manda con un hombre de conversación legendaria por su amenidad y erudición? Dios mío, es sin dudas un pecado grave no haberle escuchado, pero seguramente el mensajero de ocasión de paso por Madrid pensaba entonces que en tratándose de “un reaccionario” de derechas, naturalmente, no había que pasarse de raya. A sus encomiendas —las que fueren— se limitaba. Hoy, que ya no puede viajar —¿a causa de la edad, monseñor?— lo lamenta con estas palabras: «(…) mis prisas me alejaron, en muchas ocasiones, de las visitas y los encuentros verdaderamente importantes que ya hoy no puedo rehacer. Me son irrecuperables. Ya yo (sic) no viajo al extranjero y muchas de las personas que harían interesantes esos encuentros que no tuve [¿?] ya han muerto». ¿De qué se lamenta retrospectivamente monseñor entre tanta palabrería?
Obsérvese de qué retorcida manera se refiere monseñor a la cordialidad y receptividad de Baquero en relación a los poetas y escritores de “las dos orillas” cubanas. ¡Créame, monseñor, son más! La primera de las antologías de poetas cubanos sin distinción de ideologías o adhesiones políticas hecha por el poeta y estudioso cubano Orlando Rossardi, se hizo en el exilio miamense, no en Cuba. En condiciones de verdadera libertad, los cubanos exiliados asumimos diversas posiciones, pero es en la isla donde las prohibiciones y la censura de todo tipo logran imponerse desde las esferas oficiales. La propaganda incesante y malintencionada del régimen han promovido siempre la ficción de que los cubanos del exilio somos una horda intolerante cuando son en verdad el régimen tiránico y sus acólitos y defensores quienes practican la intolerancia a ultranza contra todo disenso.  A la manera del carterista que huye hacia delante gritando: ¡Al ladrón! ¡Que no escape! ¡Al ladrón!, el régimen de los Castro que a todos ha despojado de todo sigue clamando mientras corre repartiendo tortazos: ¡No tienen tolerancia! ¡Son unos intolerantes!
Las omisiones y tergiversaciones de que adolecen los dos tomos del pretendido Diccionario de la Literatura Cubana del oficial Instituto de Literatura y Lingüística de la Academia de Ciencias de Cuba darían para otros dos tomos y una glosa. Fuera de Cuba somos más inclusivos, es decir, lo somos sin necesidad de emplear adverbios, porque el régimen no lo es ni podría serlo.
Monseñor de Céspedes García-Menocal insiste en hablar de «la Revolución (…) la que triunfó en 1959» como si pudiera llamarse revolución todavía (y con empleo de mayúsculas) a la más abyecta y retrógrada tiranía que por más de medio siglo ha emasculado y empobrecido espiritual y materialmente al pueblo cubano. La visión monacal de García-Menocal corresponde a esa iglesia herética del fanatismo y el engaño que él abraza.
Y todo este arduo prolegómeno de monseñor, se justifica nada más y nada menos que con el propósito de ‘re-introducir’ como de contrabando en Palabra Nueva, (¿?) “la despedida” de Gastón Baquero publicada el 19 de abril de 1959, en el Diario de la Marina, a cuyo texto nos referiremos en una segunda parte de este trabajo.
Recientemente, en Miami, por encargo del cardenal Ortega desde La Habana, el arzobispo Thomas Wenski decretó la expulsión masiva de los cubanos que crearon y han mantenido con su esfuerzo Radio Paz, emisora católica de larga audiencia. Con pretextos que quieren ser administrativos, pero son en verdad admonitivos, el purpurado miamense pasa página porque no está dispuesto a permitir que SU emisora sea una Radio Mambí católica en palabras de uno de sus acólitos. En Cuba, la iglesia de Ortega arrebata la revista Vitral a su fundador Dagoberto Álvarez, un católico crítico con la tiranía para acallar y suprimir las críticas. Ortega viaja repetidas veces a Washington D. C. para pedir concesiones de la nueva administración norteamericana a la tiranía, y ahora pide al arzobispo de Miami ejercer la censura sobre los católicos cubanos que denuncian los crímenes y violaciones de los derechos humanos en Cuba desde la libertad que disfrutan. Véase porqué, esta pieza de monseñor de Céspedes García-Menocal no puede ser en buena lid considerada sino parte de una estrategia en la que la iglesia cubana vende su alma al peor postor a cambio ¿de qué prebendas?
Rolando Morelli, escritor e intelectual cubano es fundador de las Ediciones La gota de agua. Reside en Philadelphia.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada