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domingo, 6 de febrero de 2011

Gastón Baquero: Del silencio digno a la palabra reveladora Thursday, February 3, 2011 | Por Rolando D. H. Morelli

Gastón Baquero: Del silencio digno a la palabra reveladora

| Por Rolando D. H. Morelli
FILADELFIA, Pensilvania, febrero, www.cubanet.org -En mi artículo anterior, que ha gozado de la inmejorable fortuna de ser reproducido en varias partes, y acogido en todas ellas con imprescindibles y siempre muy pertinentes comentarios, escribí sobre lo que dijo, lo que insinuó y lo que muy probablemente quiso decir a propósito de un artículo de Gastón Baquero en el Diario de la Marina (19 de abril de 1959), monseñor Carlos Manuel de Céspedes y García-Menocal, quien tales cosas escribía recientemente, para una publicación católica cubana: Palabra Nueva (nro. 200, oct. 2010, sección «Apostillas»). Como lo prometido es deuda, y resulta además mucho más grato e instructivo dialogar con un poeta que escaldar a un monseñor, en esta segunda parte de mi trabajo abordaré sin más rodeos el mencionado texto de Baquero, poniéndolo así, de paso, a disposición de los lectores.
Comienza así su carta de “despedida” el que se marcha, indicando en ella que se trata a la vez que del anuncio de una partida la confirmación de un regreso fugaz a las páginas del Diario, o si se prefiere un fugaz pasar por ellas luego de algún tiempo de ausencia. Quien escribe está obligado a alejarse físicamente ahora porque ya antes, después de haber examinado de cerca el objeto de su reflexión, tomó distancia —más que prudencial, consternadamente.
«Al iniciar un viaje que por muchos motivos puede denominarse “de vacaciones”, consideramos obligado ofrecer a los lectores amigos —los otros se lo explican todo a su manera— algunas consideraciones sobre la actitud de este columnista antes y después del primero de enero. Veníamos en silencio, sin escribir, desde la aparición de la censura [impuesta por Batista]. Meses y meses previos al desenlace de una etapa histórica, nos vieron callados, y posiblemente interpretados por algunos frívolos o por algunos ciegos apasionados como indiferentes a un dolor patrio, o como partícipes de la mentalidad y ejecutoria que producía esos dolores. A cada cual su juicio, su interpretación, su creencia, que sólo puede modificarla el tiempo. Es inútil razonar contra los prejuicios».
Aunque el tono de este opúsculo —más que un mero artículo periodístico— no es ajeno a la ironía cuando habla el autor por ejemplo de su próximo viaje al exilio como “de [unas] vacaciones”, resume sobre todo un profundo dolor. Dolor consecuente de una doble derrota, moral y material de la que el trabajo en cuestión se hace eco. Véase que Baquero habla de la censura, del silencio en que se había sumido en los últimos tiempos (los de la dictadura de Batista) y la más definitiva e inapelable de todas las censuras, la de la tiranía totalitaria, de la que ni siquiera le es dado hablar por las claras. Ambas (la tiranía comunista y la censura que ésta conlleva siempre) se nos venían encima a trancos y por barrancos, aunque todavía se disfrutaba formalmente de ‘libertad de expresión’ en el país. Desde su larga experiencia de reflexivo, y de hombre bien informado, Baquero anticipa lo que está a la vista y pocos quieren (o pueden) ver todavía.  Contrario a lo que sugiere en su apostilla monseñor de Céspedes, Gastón no escribe para esos presuntos amigos de lleva y trae a que parece referirse, sino a “los lectores amigos”, es decir, quienes echan de menos la falta de su palabra sagaz y oportuna. Para nada le importan al escritor “los otros” lectores, es decir, esos que “se lo explican todo a su manera”. Periodista en serio, de los que no categoriza un artículo salido de su mano por debajo de otros empeños de su escritura, Baquero se dirige a “un lector amigo” —el adjetivo y el sustantivo no deben trastocarse aquí— es decir, alguien capaz de entender y de solidarizarse con su disyuntiva. De manera que con el propósito de hacerse entender, apelando a la vez a la razón y a la emotividad de sus argumentos, procede a explicarse en llano y por derecho, salvando los evidentes escollos. No en vano había de ser esto lo último que escribiría para la prensa cubana de la isla el gran poeta y periodista.
«Las personas de nuestra manera de pensar nos veíamos cada día, más arrojadas a un callejón sin salida. Estábamos contra el crimen y la violencia, pero no podíamos irnos con la revolución. Comprendíamos que ya la tragedia cubana avanzaba con violencia arrasadora y que no tenía nada que hacer la voz del periodista, y menos si éste pertenecía a la ideología conservadora. Se habían gastado las palabras persuasivas, los llamamientos al cese de la lucha, las apelaciones a buscar una salida incruenta. La palabra pertenecía a las armas, que no se han hecho para propiciar el entendimiento[i]. A quienes no podíamos ni aplaudir lo que ocurría, ni dar por bueno lo que venía, no nos quedaba otra postura que la del silencio. Y al silencio fuimos».
Sería bueno en este punto, recordar que tanto el historial delictivo de Fidel Castro Ruz, quien venía del pandillerismo estudiantil con al menos dos muertes de rivales atribuidas a su gatillo alegre, y cuya participación en el llamado ‘bogotazo’ que sacudió con incendios y asesinatos la capital colombiana a raíz del asesinato de Eliecer Gaitán, presidenciable liberal asesinado, ha quedado fuera de toda duda. Castro había viajado como representante de un sector del estudiantado universitario habanero, con la excusa de participar en un cónclave auspiciado por Perón, como contraparte de una reunión de estadistas americanos que debía celebrarse en Bogotá.  Luego vendrían para Castro y sus seguidores los asaltos al cuartel Moncada en Santiago de Cuba, y al Carlos Manuel de Céspedes, en Bayamo. Es decir, que todas las evidencias indicaban en 1959 a quienes conocían su trayectoria de matonismo y de ambicioso sin escrúpulos que de tal sujeto nada bueno ni edificante podía esperarse. Lo sabía Baquero, lo sabía el director del Diario de la Marina José Ignacio Rivero, lo sabían el senador y ex cuñado de Castro, Rafael Díaz Balart y muchísimos otros.  Conociéranlo o no, las mejores mentes de la nación cubana abogaban por un diálogo nacional que trajera una solución pacífica y una salida práctica a la crisis provocada por la permanencia de Batista en el poder. A estimular y conseguir ese diálogo dedicaron sus mejores esfuerzos y palabras, personalidades como la de Orestes Ferrara, Raimundo Lazo y la mediación del ínclito y avezado político y veterano de la última guerra por la independencia de Cuba, don Cosme de la Torriente[ii]. Frente a la posibilidad de este diálogo nacional como salida incruenta, se pronunciaban Castro y sus seguidores ofreciendo como única ‘salida’ la ‘solución’ revolucionaria, es decir, violenta. Años antes, ante el senado de la nación, el senador Rafael Díaz Balart oponiéndose al voto unánime de sus compañeros al otorgar un indulto a Fidel Castro, encarcelado por los ataques a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes, ocurridos en julio del año 53 había advertido a sus compañeros y colegas, y a todo el que quisiera oírlo:
«He pedido la palabra para explicar mi voto, porque deseo hacer constar ante mis compañeros legisladores, ante el pueblo de Cuba y ante la Historia, mi opinión y mi actitud en relación con la amnistía que esta cámara acaba de aprobar y contra la cual me he manifestado tan reiterada y enérgicamente. (…) Fidel Castro y su grupo han declarado reiterada y airadamente, desde la cómoda cárcel en que se encuentran, que solamente saldrán de esa cárcel para continuar utilizando todos los medios en la búsqueda del poder total al que aspiran. Se han negado a participar en todo proceso de pacificación y amenazan por igual a los miembros del gobierno que a los de la oposición que desean caminos de paz, que trabajan a favor de soluciones electorales y democráticas que pongan en manos del pueblo cubano la solución al actual drama que vive nuestra patria. Ellos no quieren paz. No quieren solución nacional de tipo alguno, no quieren democracia, ni elecciones, ni confraternidad. Fidel Castro y su grupo solamente quieren una cosa: el poder, pero el poder total, que les permita destruir definitivamente todo vestigio de Constitución y de ley en Cuba, para instaurar la más cruel, la más bárbara tiranía, una tiranía que enseñaría al pueblo el verdadero significado de lo que es tiranía; un régimen totalitario, inescrupuloso, ladrón y asesino que sería muy difícil de derrocar por lo menos en 20 años (…)»
Con tales antecedentes, que aquí me ha parecido necesario recordar, se explica aún más elocuentemente a tantos años de escrito el artículo de Baquero lo dicho por éste, soslayando las amañadas acotaciones y escolios de monseñor de Céspedes García-Menocal o de cualquier otro ‘sociolisto’ asotanado, o sin sotanas.
«Las personas de nuestra manera de pensar» afirmaba pues Baquero a continuación en su trabajo, «nos veíamos cada día más arrojadas a un callejón sin salida». Y reflexionaba al respecto, saliéndose de las fronteras inmediatas que «los tiempos cubanos, como los de casi todos los países en esta hora del mundo, se inclinaban visiblemente hacia las soluciones extremas». Pasa así en su análisis, de un momento fugaz en la historia de Cuba, el final del batistato, a la proclamación de un tiempo estático en el que ya se habría entrado, el cual si bien no calcula en años concretos como hiciera Díaz Balart en su discurso, le parece haber llegado para durar intolerablemente. «Muchos creían que se gestaba simplemente la caída del gobierno con su reemplazo por otro mejor, pero adscrito en definitiva a una línea jurídica, económica, social, política, dentro de una tradición inaugurada en la Carta Magna de 1940. Quienes veíamos que la nueva generación iba mucho más allá, y propugnaba una revolución y no un simple cambio de gobernantes abogábamos     —por no tener fe en las revoluciones— por salidas de otro tipo, que eliminaran el gobierno malo y que no abrieran la terrible incógnita de una revolución social siempre más radical y profunda de lo que —afortunada o desdichadamente— Cuba puede y debe intentar en esta hora».
En el próximo segmento, Baquero declara su posición frente a la revolución en el poder, que es al mismo tiempo la que lo enfrenta a la concepción revolucionaria en general, como presunta solución única a los males políticos, económicos y sociales de una sociedad cualquiera.
«¿Y por qué no tenemos [las personas de nuestra manera de pensar] fe en las revoluciones? No es [solamente] porque ellas produzcan trastornos, lesionen intereses, vuelquen las costumbres. No tenemos fe en ellas porque siempre se fijan tareas que requerirían la asistencia de grandes genios, la milagrosa autoridad de ángeles  y santos para cambiar de la noche a la mañana la naturaleza humana. Las revoluciones quieren hacer por decreto que en un instante se precipite el progreso, y nazca el hombre nuevo, y surja por encanto la ciudad soñada. Su gran paradoja consiste en que no quiere dar al tiempo lo que es del tiempo, ni al hombre lo que es del hombre, sino que intenta saltar a pies juntillas, por encima del tiempo y del hombre para llegar de una vez a la meta teóricamente fijada».
Hombre de pensamiento conservador, y pese a su protesta en el sentido de que no lo arredran trastornos o sacudidas de ninguna índole, Gastón no entra a cuestionar la presunta legitimidad misma de los empeños revolucionarios, (ese despropósito de soñar por otros y con destino a ellos un mundo que se presume superior en base a una cierta elucubración pseudo-científica y desatinadamente romántica) sino que se limita a apuntar el descarrío de unos propósitos que se declaran altruistas y edificantes, por cuenta de la desproporción entre el deber y el haber de la cuestión misma. La experiencia histórica del hombre enseña, nos dice a continuación el articulista, que las revoluciones «provocan sufrimientos y conmociones que alteran a fondo y por mucho tiempo el desarrollo, el desarrollo normal y seguro, el avance lógico y humano hacia el mejoramiento constante de las formas de vida. [La revolución] quiere la perfección de la noche a la mañana y es en definitiva una noble, pero trágica terquedad ideológica, soberbia intelectual, que quiere desconocer la naturaleza humana y piensa que las grandes ideas, el afán por la justicia, la sed de verdad, no han aparecido [todavía] en el mundo porque a éste le han faltado revolucionarios». Andando aquí sobre una cuerda floja que lo reconcilie con el momento histórico que es, pese a todo, el suyo, y a la vez con una tradición intelectual de vieja andadura, anclada en el pensamiento cubano, afirma seguidamente el comentarista:  «La historia muestra que los revolucionarios han contribuido como nadie a la aparición de nuevas ideas, de mejoramiento y de justicia, pero que los revolucionarios, cuando triunfan, ya no saben sino saltar hacia el porvenir de un golpe, ignorando la dura materia del tiempo y la resistencia del hombre».
Baquero confunde aquí, seguramente que no ignorándolo, sino con avezada cazurrería los términos, emprendedor, adelantado a su época, pionero, etc. con el de “revolucionario” a fin de propinar la estocada a fondo de su juicio siguiente: «Mientras no llegan al poder son un bien, pues traen el fermento de la inquietud y el aguijón del progreso». La obviedad de este procedimiento o razonar de Baquero se evidencia en la primera línea del siguiente párrafo. Si bien, no puede permitirse decir que antes de llegar al poder los revolucionarios han asesinado a personas inocentes mediante atentados que buscaban crear un estado de pánico generalizado (siguiendo una ‘lógica’ revolucionaria de efectos comprobados en el campo, incontables veces), afirma lo que parecería a primera vista una contradicción: «El progreso cubano culminó, como se sabe, en la fuga del dictador [Batista]; en la impotencia de la junta militar, y en el ascenso al poder de una juventud partidaria de la revolución». (El escritor parece determinado a no sucumbir al empleo de la mayúscula para la palabrita, como luego se volvería requisito hacerlo).  Es decir, que la revolución en el poder, es sinónimo de estancamiento en lugar de progreso. Una de las bromas en circulación entonces lo conjeturaba de la siguiente manera: “Batista dejó al país al borde del abismo…  Y entonces llegó Fidel y nos lanzó a dar ‘el gran salto hacia delante’”. Entre paréntesis, “este gran salto hacia delante” captaba intuitivamente ya el carácter rojo leninista de la revolución en el poder. A continuación, la emprende Baquero contra quienes por oportunismo simple y llanamente, o bien por hacer el elogio del avestruz, o por aquello de “todo tiene arreglo”, “no hay que preocuparse” y “aquí lo único que no hay es que morirse”, hicieron de la vista gorda ante el cúmulo de evidencias de lo que se nos venía encima. Y es obvio que ya Baquero no habla de meras ‘revolucioncitas’ (tormentas en un vaso de agua), sino de la revolución permanente, o permanecida, si se me permite el neologismo. Que Fidel Castro negó insistentemente su filiación comunista hasta disponer y haberse asegurado todos los resortes del poder, no contradice lo que advierte Baquero:
«Los caracteres ideológicos [de la actual revolución] no fueron nunca disfrazados por sus dirigentes. En el manifiesto dado por el doctor Fidel Castro en diciembre de 1957[iii], al desembarcar en Cuba, están contenidas todas las ideas que hoy se van convirtiendo en leyes. Si algún capitalista se engañó, fue porque quiso; si algún propietario pensó que todo terminaría al caer el régimen, pensó mal, porque claramente se le dijo por el doctor Castro que todo comenzaría al caer [el viejo] régimen, y si alguna persona alérgica a las grandes conmociones económicas y sociales siguió y ayudó al Movimiento [26 de julio] creyendo que éste venía solamente “a tumbar a Batista”, pero no a cambiar costumbres muy arraigadas en la organización económica y social, se equivocaron totalmente, o no [leyó] con atención aquel manifiesto».
En realidad, si bien es cierto que muchos capitalistas y gente de la clase media y media alta contribuyeron con sus fortunas a la subversión revolucionaria por aquello de “caiga el negro aunque venga el caos” que muchos de ellos decían, hubo asimismo mucho de extorsión revolucionaria y del impuesto revolucionario de que casi nadie habla, como si todos hubieran estado dispuestos a colaborar de buena gana con las exacciones que sufrían. Por otra parte, el análisis de Baquero en este punto desconoce, acaso por conveniencia de su argumento en lo inmediato, el trasfondo de confusión social que aún en nuestros días y en un país como los Estados Unidos persiste en relación a las llamadas “prestaciones sociales”, y a la “igualdad” respecto a las cuales se hace harto difícil separar la paja del grano.  Lenin afirmaba aquello de “dejemos que sean los capitalistas quienes fabriquen la cuerda con la que habremos de colgarlos”, pero ello no es óbice para que muchos capitalistas sigan jugando a día de hoy, a hacer la revolución social que estaría llamada a equilibrar todo aquello que ande mal. Cualquiera que proclame la igualdad, o mejor dicho, la palabra igualdad, cuenta de inmediato en muchos países y sociedades con el apoyo de quienes entienden a su modo y manera lo que esta palabra debe querer decir. La tradición ‘revolucionaria’ cubana, que no empezó por la Constitución del 40 —mencionada y exaltada por Baquero en su artículo— pero en ella se consagró como ideal y aspiración (bien que interpretada distintamente) se proponía determinar hasta el número de caballerías de tierra de que debía disponer un campesino para ser dichoso. En otras palabras, el intervencionismo del estado frente a la indiferencia o inconsecuencia de su gestión. Entre ambos polos parece oscilar, y Cuba no era entonces una excepción, la expectativa de un gran número de personas de todas las clases sociales alrededor del mundo. Las estadísticas de diversa procedencia nos indican que la Cuba anterior al año 59 había prosperado en lo económico y social más allá de otros países del área americana y aún europea. La pobreza existía como existía, sigue y seguirá existiendo en todas partes, porque la pobreza no es una mera cuestión de ricos malos y pobres buenos. Robin Hood pudo haber sido un mito útil en su momento y lugar de origen, pero al ser extrapolado de su contexto ha demostrado incesantemente ser peor que la enfermedad que pretende remediar. Una sociedad como la norteamericana actual habla de “sus pobres” en términos que debemos tomar como relativos porque los pobres disponen muchas veces de recursos que en otros países corresponden a la clase media. En Cuba, la revolución en el poder por más de medio siglo, ha instaurado un grado tal de dependencia de sus súbditos, que acabó por convertirlos en niños desvalidos. Y aunque ese régimen ni da ni dice donde hay, un gran número de los nacidos después del año 59 demandan (o al menos esperan como pichones en el nido) a que los abastezcan y mantengan, lo cual precisamente consigue mantenerlos en la dependencia y en la miseria. Los que logran despertar de ese marasmo, vuelan lejos en busca de otras tierras más propicias, pero aún fuera siguen esperando que “les den” determinadas cosas a las que al menos en teoría se sienten con derecho a ser servidos.  La Cuba anterior a Castro era evidentemente muy superior en todos los renglones a la actual re-creación fruto del régimen castrista. Ni siquiera el fatuo y fatídico “Che” Guevara negó en principio esta superioridad de la sociedad cubana, y hubo de admitirla en varias ocasiones bien que se refiriera a ella con cualquiera de las típicas argucias del ignorante que se cree docto: “(…) las condiciones en las que Cuba construye el socialismo son bastante difíciles (…) porque [nuestra] abundancia es menor hoy que en el pasado; porque se necesita luchar contra el recuerdo [en la mente de los obreros] de una abundancia que, hablando con objetividad (sic) era mayor [entonces](…)”(72)[iv]. «¿Qué falta le hacía [pues] a Cuba una revolución?» (113) se pregunta aún en sus memorias Contra viento y marea (Memorias de un periodista), José Ignacio Rivero, el último director que fuera del Diario de la Marina. La respuesta, no por obvia, es menos pertinente: ninguna falta. Pero tampoco le hace falta al organismo sano la enfermedad, y sin embargo, por un simple rasguño penetra el tósigo en la sangre y lo envenena y afiebra hasta causarle la muerte, o hasta dejarlo con el aspecto de un zombi.
Volvamos nuevamente al artículo de Gastón Baquero, quien nos dice a párrafo siguiente: «(…) como este columnista no fue ni es partidario de las revoluciones, ni de las transformaciones violentas de la estructura social (lo que no quiere decir que permanezca indiferente ante los males y renuncie a la superación de estos por medios que le parecen menos dañinos y más duraderos), no creyó nunca que se debió abandonar los esfuerzos para poner fin pacífico y no revolucionario a los horrores que Cuba padecía. Por supuesto que esta idea no sólo fue derrotada por los hechos —lo que es mortal para una idea— sino que se prestó  y se presta a las interpretaciones más agresivas y mortificantes sobre el origen de la actitud». Aunque pareciera que Baquero “se explica” en retirada, lo que hace en verdad, con gran valentía y entereza, es ofrecer una fundamentación de su conducta en momentos en que siente la incomprensión y el acoso de tirios y troyanos. Véase nuevamente que el escritor se dirige en un principio a “los lectores amigos”, vale decir, aquellos con quienes es aún posible, y más bien deseable, explicar la raíz de su postura intelectual. No vaya a pensarse ni por un momento que el acoso al que me refiero tuviera una connotación metafórica. El mismo José Ignacio Rivero en el libro citado anteriormente nos da cuenta de, hasta qué punto corrió peligro la vida de Baquero en momentos en que los ‘linchamientos revolucionarios’, con o sin el aval de un juicio sumario, ocurrían o podían ocurrir por diferentes vías y con arreglo a innumerables añagazas: desde una ejecución por presuntos actos contrar-revolucionarios o ‘vínculos’ con el pasado régimen, pasando por un ajuste de cuentas ‘a manos del pueblo’, hasta un accidente bien orquestado, un suicidio, o cualquier otro medio. Nos dice Rivero:
«[las llamadas anónimas] nos decían que la próxima vez que Baquero pusiera sus pies en el periódico, un grupo de milicianos lo iría a buscar para llevárselo a La Cabaña, fortaleza militar donde se estaba fusilando a los batistianos y a los enemigos de la revolución. Llamamos enseguida a Baquero a su casa y le dijimos que no se atreviera a ir al Diario durante algunos días y le explicamos lo de las llamadas. Él no podía creerlo y nos dice enseguida: “¿Usted cree de verdad, Director, que mi vida peligra? Seguramente esas llamadas son de algunos a quienes les he hecho algún favor”.  (…) “Déjate de ironías, Baquero, que la cosa no está para eso ahora. Yo en tu lugar, me asilaría [hasta] ver qué pasa” (135)».  Cuenta seguidamente en su libro J. I. Rivero de qué manera se produjo el asilo de Gastón en la embajada del Perú y de qué modo mientras alentaba a Baquero a buscar asilo, vinieron por otro destacado intelectual, Francisco Ichaso, quien fue arrestado y llevado al Príncipe del que tras numerosas gestiones del propio Rivero ante Castro y de otras personalidades intelectuales consiguió salir para permanecer por un tiempo bajo arresto domiciliario sin cargos definidos en su contra, hasta que tomado por la fuerza el Diario en el que laboraba, Ichaso también buscó asilo político en la Embajada de México.
A esta luz, la denuncia de Baquero resulta no sólo transparente, sino conocidos los hechos antedichos, aún más valiente su postura.
«Al triunfar la revolución no faltaron los atolondrados que seguían creyendo que por haber sido más o menos anti-batistianos eran ya suficientemente revolucionarios. No veían que el 1º de enero, volado ya el posible puente de una junta militar —delicia de los que querían dinamitar la casa, pero sin derribar las paredes ni el techo—, Cuba entraba a vivir una etapa histórica absolutamente distinta (sic.).  Esta etapa iba a requerir una nueva mentalidad en las clases, en los ciudadanos, en el Estado, en las costumbres, pero muy pocos lo sospechaban». Como quien escribe con plena conciencia de futuro, Baquero no sólo hace recuento del pasado inmediato sino que ofrece su evaluación del presente que ha llegado a instalarse con exigencia de cosa definitiva e incuestionable, ante la confusión o la pasividad, cuando no de la plena y simple complicidad de muchos incautos.
«Al principio todo fue júbilo. La caída de una dictadura que cometió tan terribles errores y realizó tantos horrores, fue ocasión justificada para el desbordamiento oceánico de alegría pura y sincera, sin diferencias de clases ni de individuos. Todos eran felices porque había caído la tiranía, pero muchos no sospechaban siquiera que recibían entre palmas una revolución social. Ya de Batista estaban hasta la coronilla los más tenaces batistianos. El río de sangre, la inseguridad para la vida y la propiedad, la censura de prensa, el imperio del terror como norma de gobierno, habían llegado a sensibilizar hasta a los reacios al dolor ajeno. Cuba había apurado el límite de la resistencia física y de la resistencia moral. De todos sus sufrimientos parecía librarse, en jubilosa catarsis, cuando ofrecía enardecida a los revolucionarios victoriosos el laurel de la gratitud y el aplauso de la admiración. Y como en 1902, como en 1933, como en 1944, el pueblo cubano se dispuso a iniciar de nuevo, el camino hacia la honradez administrativa, la libertad ciudadana, el respeto a los derechos, la desaparición de los privilegios, y la vida reglada por la paz, la cultura y el progreso».  Al señalar el júbilo con que fue recibida la caída de Batista y la llegada de los revolucionarios, indica Baquero igualmente los motivos y aspiraciones que lo motivaban en primer lugar, y al indicarlos por sus nombres y apellidos, como si dijéramos, está al propio tiempo haciendo alusión a los incumplimientos de esas promesas y de esas aspiraciones, de lo que son evidencia los hechos constatables al presente de escribirse la columna que comentamos. «Ahora nos encontramos» —continúa diciendo poco más adelante— «en el ápice del despertar. Aquella señora que “compró sus bonitos del 26” no soñó que la revolución le iba a rebajar el 50% de sus rentas por alquileres; aquel industrial que por ideología o por miedo abrió sus arcas, creyó que tenía adquiridos títulos revolucionarios, y subsiguiente influencia; aquel sacerdote que hizo con su sotana un manto de piedad para salvar vidas de jóvenes acosados y de su iglesia un centro de conspiración, creyó que se tendría en cuenta su filosofía de la sociedad y de la vida. ¡Cuántas ilusiones, esperanzas, elucubraciones y cálculos han fallado! Pues llegó la revolución de veras, radical, inflexible, sin compromiso ante sus ojos y anhelosa de llevar a cabo un enorme cambio, un programa descomunal de contenido económico y social que ha venido gestándose en la mente de los cubanos revolucionarios desde los mismos años inaugurales de la República. Llegó la revolución en la que no tienen cabida el perdón de los errores, el pensamiento conservador, la doctrina tradicionalista ni el conformismo acomodaticio que, es cierto, ha frustrado tantas esperanzas del cubano».
Baquero no se pronuncia (ni se las echa de comentarista político siquiera a esta hora trágica y peligrosa, no menos para él) en su artículo. Su lucidez lo lleva a reflexionar sobre lo que le resulta inevitable hacerlo, pero ni su actitud mental ni su disposición son políticas en el sentido de la acción. No analiza desde la profundidad del conocimiento histórico o de las ciencias políticas —por otra parte tantas veces equivocadas—, sino desde el sentido común y la experiencia propia. Por eso dirá seguidamente:
«Al chocar frente a frente con la realidad, muchos se han asustado. No sabían que una revolución era así. ¡Pues así, y más, son las revoluciones! Por eso ante ellas, quienes no tenemos vocación política y no nos inclinamos a participar en “movimientos contrarrevolucionarios” —por mucho que la revolución nos persiga— no sabemos hacer otra cosa que ponernos al margen, dejar pasar el poderoso torrente y desear, sin el menor resentimiento, que triunfe y se consolide cuanto sea de bueno [en el actual proceso] para Cuba, y que se disuelva rápidamente en el vacío cuanto pueda ser un mal para esta tierra de la cual, pueden incluso hasta arrojarnos, pero no pueden impedir que la amemos con la misma pasión que pueda amarla el más revolucionario de sus hijos».
Como se apreciará, la posición asumida por el articulista es de sentido más ético que ideológico, más una actitud personal que una disposición ‘clasista’ según debían considerarla los revolucionarios marxistas. La necesidad de ‘explicarse’, tiene a la vez que un carácter romántico, altruista, no altanero, un trasfondo de anagnórisis individual que permita al poeta ser aún, expresión colectiva y bocina de esos invocados “lectores amigos”, de quienes debe apartarse momentáneamente, pero a quienes no abandona. Allí a donde se dirige en busca de refugio —no se hace muchas ilusiones al respecto— tal vez pueda continuar su reflexionar: «Desde lejos hablaremos, en tanto Dios provea otra cosa —si nos da venia para ello el Director [del periódico] y si no se oponen ciertos defensores (sic.) de la libertad de pensamiento—, de otras tierras, de otros cielos, de otros personajes. Posiblemente, con toda posibilidad, volveremos de un modo o de otro a defender aquellas ideas en las cuales creemos, sobre la sociedad, la economía, las relaciones humanas, la libertad frente al comunismo esclavizador, ideas de las que nos sentimos orgullosos, por [más] maltratadas, incomprendidas o vilipendiadas que hoy se hallen. El mundo las necesita aunque no quiera verlo».  Expresan estas palabras, como es evidente, un optimismo de buena ley incluso frente al destino de Cuba, ante la posibilidad de un pronto regreso (¿de qué otro modo resignarse al exilio sino como algo temporal, pasajero?). Y asimismo, se revela un desconfiar ante otras posibles formas de censura en su nuevo destino español. Y ya para cerrar sus comentarios, ofrece Gastón Baquero una advertencia que es al mismo tiempo, tal vez sin conciencia de ello, la descripción más apta que corresponde por contraste, a un tipo de intelectual que tanto abundaría, y aún abunda en nuestra época. No habría que ilustrar este aserto con un listado en el que se consignen los nombres de infames luminarias del pensamiento. Porque muchos han sido los intelectuales, verdaderos o pre-fabricados, que han renunciado a serlo, es decir a pensar y a actuar en consecuencia, para adherirse como lapas y defender a todo trapo las enconadas manifestaciones del totalitarismo comunista, o las del fascismo y el nazismo, (a veces al mismo tiempo, quizás si por intuir que se trataban de lo mismo). Dice Baquero para terminar su pieza: «El miedo a defender las ideas que van contra la corriente, o que son estigmatizadas como nocivas, es la mayor de las cobardías. Vale más morir junto a una idea vencida, en la cual se cree todavía, que uncirse…». —El término empleado no es accidental— «al primer carro victorioso que pasa, renunciando a tener ideas, a defender una ideología, a proclamar la visión propia y sincera que se tiene de los hombres y del mundo».
¿Qué otra cosa cabría añadir a semejante concepción de uno mismo, y de su inserción en el mundo y la sociedad, sino que por ella puede sacarse el retrato de un verdadero intelectual y poeta? Uno que sucumbió al cabo a la carga de los años y al exilio —a la inconsolable lejanía del suelo querido— mas no a la momificación en vida como con tantos otros ocurriera, y para vergüenza ajena aún sigue sucediendo.
Notas

[i] Subrayado en el original.
[ii] José Ignacio Rivero en las memorias ya aludidas da cuenta de su conversación con Ferrara, a la sazón en París, y cuya entrevista apareció en las páginas del Diario de la Marina, así como de una carta que le enviara el conocido ensayista y hombre de letras, Raimundo Lazo. La activa gestión de don Cosme, por otra parte, es ampliamente conocida de los historiadores y contó en su momento en los medios públicos con la divulgación que debía corresponder a su importancia y carácter.
[iii] En su nota-‘coletilla’ al artículo de Baquero que comenta, monseñor de Céspedes García-Menocal enmienda al primero la plana con motivo de la fecha indicada por éste como la del desembarco de Castro en playas cubanas, procedente de México, 1957 en vez del correspondiente 1956, bien que este detalle en sí carece de mayor relieve en el contexto del artículo. En consecuencia, señala monseñor, quien tanto relieve da al dato del desembarco, que G. B. podría estar refiriéndose a lo expuesto por Castro en su autodefensa por los ataques contra las guarniciones de Santiago y Bayamo. Documento hoy conocido como «La Historia me absolverá”. En realidad, aunque Baquero habría podido referirse a cualquiera de los documentos y manifiestos castristas de ese u otro momento, nos parece que lo hacía en particular respecto a la hoja suelta del Boletín ‘Sierra Maestra’, órgano oficial del Movimiento 26 de julio, que el Diario de la Marina reprodujo “para que nadie se llamara a engaño” J.I.R. (153) el 27 de julio de 1957.  Es muy posible que Baquero recordara este impreso con más claridad por haber sido reproducido precisamente en las páginas de la Marina. En todo caso, ahí están los argumentos a que hace referencia Gastón.
[iv] En otra parte observará el mismo Guevara, sin que los datos de que dispone le sirvan para llegar a conclusiones atinadas: “Además, hay que analizar las circunstancias especialísimas de Cuba (…) un país sin flota [mercante], sin recursos (¿?) en realidad para el comercio exterior, pero con un comercio exterior fabuloso (…). Cuba durante años mantuvo un comercio [exterior] de ochocientos millones de pesos [moneda que entonces tenía paridad con el dólar norteamericano, por concepto de] importación, y otro tanto de exportación. Que para darles una idea de lo que es eso, les puedo decir, por ejemplo, que Brasil, ocho millones de kilómetros cuadrados, Cuba, cien mil kilómetros cuadrados; Brasil, sesenta millones de habitantes, Cuba, seis millones de habitantes, [Brasil] tiene un comercio exterior que no creo que llegue a ser el doble del cubano (…) [pese a] esa inmensidad de territorio, con esa inmensidad de recursos, y ya con un desarrollo industrial que lo coloca a la cabeza de América” (140) “Las bases materiales del socialismo”, en El socialismo y el hombre nuevo, siglo XXI, México, 6ta ed. p. 140.  La cita al interior del texto procede del artículo “La formación del hombre nuevo” recogido en el mismo libro.

Rolando D. H. Morelli, intelectual, poeta y escritor cubano exiliado reside en Philadelphia. Es co-fundador y director de las Ediciones La gota de agua.
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