El propósito que nos anima al crear este nuevo blog es mantener vivo en el recuerdo ese retazo de tierra taína que nos vio nacer: Banes, acercando a todos los Banenses a través de la evocación de imágenes y recuerdos. Es el sitio virtual idóneo para detenerse a conversar, como en los viejos tiempos, relatando anécdotas que nos lleven definitivamente al reencuentro con el pasado. Complementa nuestra exposición una iconografía banense, así como una galería de banenses ilustres.

viernes, 10 de junio de 2011

SELECCIÓN DE POEMAS DE GASTÓN BAQUERO COMPILADOS POR EL POETA DAVID LAGO PARA LA REVISTA LITERARIA "LA PEREGRINA MAGAZINE", QUE DIRIGE NUESTRA QUERIDA CARMEN KARÍN ALDREY


Sección Homenajes


Silente compañero
(Tributo al poeta Gastón Baquero)



Selección de poemas y comentarios a cargo de David Lago González






Silente compañero


(Pie para una foto de Rilke niño.)



tpParece que estoy solo,
diríase que soy una isla, un sordomudo, un estéril.
Parece que estoy solo, viudo de amor, errante,
pero llevo de la mano a un niño misterioso,
que a veces crece de repente, y es un soldado aherrojado,
o es un hombre mayor meditabundo, un huésped del reino de los lúcidos,
y se encoge luego, se recoge hasta devolverse a la niñez,
con sus ojos denominables arcano, con su látigo inútil, con su estupor,
y este niño retráctil me acompaña, y se llama Rainiero en ocasiones,
y en otras el Presente, y el Caballero Huérfano, y el Soldado sin Dormir Posible,
y comulga con el comunicado mundo de ultratumba,
y conoce el lenguaje de los que abandonaron, condenados, el cuerpo,
y pelean a alma limpia por convencer a Dios de que se ha equivocado.

tpParece que estoy solo en medio de esta fría trampa del universo,
donde el peso de las estrellas, el imponderable peso de Ariadna,
es tan indiferente como el peso de la sangre,
o como el ciego fluir de la médula entre los huesos;
parece que estoy solo, viendo cómo a Dios le da lo mismo
que la vida tome en préstamo la envoltura de un hombre o la concha de un crustáceo,

viendo lleno de cólera que Pergolesi vive menos que la estólida tortuga,
y que este rayo de luz no quiere iluminar nada,
y el ser no sospecha siquiera que es nuestro segundo padre.

Parece que estoy solo, y este niño del látigo fláccido está junto a mí,
derramando como compañía su mirada sagaz, temerosa porque ha reconocido
el vacío futuro que le espera;
parece que estoy solo, y golpeándome el hombro está este niño,
este aislado de la multitud, lleno de piedad por ella,
que se inclina sobre el centro del misterio,
y golpea y maldice,
y hace estremecerse al barro y al arcángel,
porque es el Testimonio, el niño prodigio que trae la corona de espinas,
la verdad asfixiante del sordo y ciego cielo.

tpCuando yo mismo sueño que estoy solo,
tiendo la mano para no ver el vacío,
y esta mano real, este concreto universo de la mano,
con destino en sí misma, inexorablemente creada para ser osamenta y ser polvo,
me rompe la soledad, y se aferra a la mano del niño, y partimos
hacia el bosque donde el Unicornio canta,
donde la pobre doncella se peina infinitamente,
mientras espera, y espera, y espera, y espera,
acompañada por las rotas soledades de otros seres,
conscientes del misterio, decididos a insistir en sus preguntas,
reacios a morir sin haber encontrado la llave de esta trampa.

tpParece que estoy solo,
pero llevo en derredor un mundo de fantasmas,
de realidades enigmáticas como el pan y la silla,
y ya no siento asombro de llamarme Roberto o Antonio o Segismundo,
o de ser quizá un árbol a cuyo pie descansa un peregrino
en cuya mente vive como metáfora de su realidad la persona que soy;
pues sé que estoy aquí, realmente aquí, destruible pero ya irrevocable,
y si soy sueño, soy un sueño que ya no puede ser borrado;
y una lejana voz confirma todas las anticipaciones,
y alguien dice  ¡no sé, no quiero oírlo!
que de esta trampa ni Dios mismo puede librarnos,
que Dios también está cogido en la trampa, y no puede dejar de ser Dios,
porque la Creación cayó de sus manos al vacío,
tan perfecta y completa que el Señor, satisfecho,
se dedicó a crear otras creaciones,
y va de jardín celeste en jardín celeste, dando cuerda al reloj, atizando los fuegos,
y nadie sabe por dónde anda ahora Dios, a esta hora del día o de la noche,
ni en cuál estrella se encuentra renovando su curioso experimento,
ni por qué no deja que veamos la clave de esta trampa,
la salida de este espejo sin marco,
donde tarde en tarde parece que va a reflejarse la imagen de Dios,
y cuando nos acercamos trémulos, reconocemos el nítido rostro de la Nada.

Con este niño del látigo en la mano voy hacia el amanecer o hacia el morir.
Comprendo que todo ya está escrito, y borrado, y vuelto a escribir,
porque la sucia piel del hombre es un palimpsesto donde emborrona y falla sus poemas
el Demonio en persona;
comprendo que todo ya está escrito, y rechazo esa lluvia sin cielo que es el llanto;
comprendo que nacieron ya las mariposas,
que obligarán a palmotear de alegría a un niño que inexorablemente nacerá esta noche,
y siento que todo está escrito desde hace milenios y para milenios,
y yo dentro de ello:
escrita la desesperación de los desesperados y la conformidad de los conformes,
y echo a andar sin más, y me encojo de hombros, sin risas y sin llantos, sin lo inútil,
llevando de la mano a este niño, silente compañero,
o soñándole a Dios el sueño de llevar de la mano a un niño,
antes de que deje de ser ángel,
para que pueda con el arcano de sus ojos
iluminarnos el jardín de la muerte.


(de "Memorial de un testigo", Madrid 1966)



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Promocionando electrónicamente La Peregrina, entre tantas respuestas de confirmación, agradecimiento y "do not disturb me again", recibí un mensaje muy especial, escrito con forma humilde y con innato posiblemente inconsciente sentido de esta cualidad, en el que se me pedía como un favor si no me importaba incluir en la revista los versos de un tío suyo porque no le gustaba que la obra de ese poeta se olvidara.  Los remitentes eran Rita Pérez Baquero y su tío y poeta Gastón Baquero: los dos, pues no creo en casualidades.  Ignoro lo que vería en la revista y en mis propios garabatos esta portavoz del silente compañero, pero me alegraría que hubiese sido, sobre todo, respeto y sencillez.  Me ha llevado días, no de pensar, sino de sentirme como a la espera de un modo de corresponder y satisfacer, con total regocijo de todo el equipo de la revista, la petición transmitida.  De esa nube bajó este niño recién la madrugada del 29 de septiembre de 2002, y decidió por mí que él sería el primero en hablar y en ordenar la sucesión no aleatoria de sus versos para este tributo.  Deseamos que, lo que por mí se expresa, no les defraude.

Baquero, Tauro por nacimiento y muerte en dos días diferentes de mayo, lo primero en Banes, Cuba, en 1918, y lo último en Madrid en 1997, casi a dos mitades exactas entre Cuba y España, pasó a ser universal desde el primer verso que escribió.  La trascendencia del trasfondo y base de sus poemas se alza desde lo local-personal hacia el infinito, como preciso testimonio (¿del pez?) de que las palabras hacen  imperecederos los labios que las pronunciaron, las manos que las pusieron en papel, la luz que las sacó de las tinieblas, y son la verdadera inmortalidad de la carne y el alma, de la figura y el genio, de la presencia y la ausencia.

Este poema que alguien, o algo, no sé cómo, me indicó que encabezaría el Tributo es muestra de muchas cosas.  Respecto a su referente, Rainer María Rilke, del traspaso y vigencia de unos poetas en otros.  Respecto a la cubanidad y de ambos el salto a la universalidad, de muchos rasgos.  Es una característica mejicana de orden general el culto a los muertos, a La Muerte en sí a través de todas sus manifestaciones, incluso las más escabrosas y preferiblemente olvidables.  En los cubanos este culto traspasa sobradamente las formas de la carne y se torna hacia lo incógnito con un humilde y respetuoso al mismo tiempo que familiar respeto: el alma, no tanto en su concepción católica como en la espiritual.  El cubano, por lo general, no habla de almas, sino de espíritus.  Tiene una inquietante e ignota certeza del destino: todo está dicho, todo está hecho, todo está establecido por alguien o algo que no nos ha dicho cómo será, pero lo que será será, e irremediablemente.  Tal muestrario de cosas está expuesto en este poema inicial, al mismo tiempo que otra característica: una profunda fe.  Es más creyente quien continuamente indaga, se cuestiona, pone en duda, mete el dedo en la llaga, e incluso niega, que aquel que cree en un dogma a rajatabla y ciegamente.  Lo primero parte de dentro; lo segundo viene de fuera; y tal especulación no es sólo aplicable a credos religiosos sino también a los políticos (otra especie de religión, al fin y al cabo), y también a lo personal visceral: sólo la pasión aun en su efervescencia más ciega se salva de no ser sincera.  Y tal vez por esa razón, este poema, que sobrepasa el nacimiento y sus orígenes y se establece en el centro de un misterio que nos abarca y nos absorbe, como cubanos y como humanos, ha querido servir de introducción al mundo subyugante de Gastón Baquero.




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Variaciones antillanas sobre temas de Mallarmé


II
La casa en ruinas

Une rose dans les ténèbres

S. M.


Hoy he vuelto a la casa donde un día
mi infancia campesina conociera
el pavor y la extraña melodía
de encontrar otra vez lo que muriera.

Ya nada atemoriza, nada altera
el ritmo de la sangre.  Aquí vivía
(cuando era mi vida primavera)
la que a los niños en dioses convertía.

Vacío el caserón, rotas las jarras
que las rosas colmaron de belleza,
en vano vine en busca de mí mismo:

todo es inútil ya, perdidas las amarras,
y vencedoras las ruinas, es la pobreza
la única rosa nacida en el abismo.



tp




La imaginación, el poder del desdoblamiento, la propiedad de la traslación, son los atributos que convierten en dioses a los niños.  De allí que detrás de un poeta se oculte, lata siempre un niño con cuerpo de adulto pero con toda su inocencia intacta, y es a la sabiduría intrínseca de ésta a la que pertenece la conciencia de la vida y de la muerte que el paso de la existencia va confirmando, no como conocimientos adquiridos en el viaje sino como una consolidación de las sospechas e intuiciones primigenias.  El poeta cuenta con el gran privilegio de trasladarse hacia el pasado y el futuro, no tanto por insatisfacción del presente sino a modo de constatar de que por ese ahora transita toda una legión de misterios que tal vez nunca le sean develados y que le mueven a caminar en un sentido o en otro, o en ambos, o en otros muchos laterales, y posiblemente tarde mucho en comprender que lo único que le guía a ello es la curiosidad.  No creo que un verdadero poeta aspire con obstinada vehemencia a otras cosas que no sean la confluencia de todos sus mundos internos y el armisticio de estos con el externo.  En ello encuentra su verdad, compatible o no para el resto de los mortales.



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Breve viaje nocturno


Según la leyenda africana, el alma del durmiente va a la luna.


Mi madre no sabe que por la noche,
cuando ella mira mi cuerpo dormido
y sonríe feliz sintiéndome a su lado,
mi alma sale de mí, se va de viaje
guiada por elefantes blanquirrojos,
y toda la tierra queda abandonada,
y ya no pertenezco a la prisión del mundo,
pues llego hasta la luna, desciendo
en sus verdes ríos y en sus bosques de oro,
y pastoreo rebaños de tiernos elefantes,
y cabalgo los dóciles leopardos de la luna,
y me divierto en el teatro de los astros
contemplando a Júpiter danzar, reír a Hyleo.

Y mi madre no sabe que al otro día,
cuando toca en mi hombro y dulcemente llama,
yo no vengo del sueño: yo he regresado
pocos instantes antes, después de haber sido
el más feliz de los niños, y el viajero
que despaciosamente entra y sale del cielo,
cuando la madre llama y obedece el alma.

(1962)



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El hombre habla de sus vidas anteriores


Cuando yo era un pequeño pez,
cuando sólo conocía las aguas del hermoso mar,
y recordaba muy vagamente haber sido
un árbol de alcanfor en las riberas del Caroní,
yo era feliz.

Después, cuando mi destino me hizo
reaparecer encarnada en la lentitud de un leopardo,
viví unos claros años de vigor y de júbilo,
conocí los paisajes perfumados por la flor del abedul,
y era feliz.

Y todo el tiempo que fui
cabalgadura de un guerrero en Etiopía,
luego de haber sido el tierno bisabuelo de un albatros,
y de venir de muy lejos diciendo adiós a mi envoltura
de sierpe de cascabel,
yo era feliz.

Mas sólo cuando un día
desperté gimoteando bajo la piel de un niño,
comencé a recordar con dolor los perdidos paisajes,
lloraba por algunos perfumes de mi selva, y por el humo
de las maderas balsámicas del Indostán.
Y bajo la piel de humano
ya llevo tanto sufrido, y tanto y tanto,
que sólo espero pasar, y disolverme de nuevo,
para reaparecer como un pequeño pez,
como un árbol en las riberas del Caroní,
como un leopardo que sube al abedul,
o como el antepasado de una arrogante ave,
o como el apacible dormitar de la serpiente junto al río,
o como esto o como lo otro ¿o por qué no?,
como una cuerda de la guitarra donde alguien,
sea quien sea,
toca interminablemente una danza que alegra de igual modo
a la luna y al sol.

(1969)



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¿Son los versos sinónimos de las voces que escuchan los locos?   ¿Quién o quiénes están detrás de ambas manifestaciones de un misterio que no sabemos explicar ni razonar?  La aplicación de la lógica se desliza por ellas con una esquivez oleaginosa, hasta que demente y poeta dejan de cuestionarse origen y razón y aceptan lo ineludible, lo inevitable: hay voces que les hablan al oído



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Adhiambo


Gabriel Okara, NIGERIA


Oigo muchas voces,
como dicen que las oye un loco;
oigo hablar los árboles,
como dicen que los oye el hechicero.
Quizás sea yo un loco,
o sea un hechicero.

Acaso soy un loco,
porque las voces me están llamando,
me están urgiendo desde la noche,
desde la luna, desde el silencio de mi cuarto,
para que eche a andar y recorra a pie los mares del mundo.

Acaso soy un hechicero
que escucha a la savia conversar
y ve a través de los árboles:
un hechicero que ya ha perdido
sus poderes de invocación.

Pero las voces y los árboles
están llamando a alguien por su nombre;
una figura de mujer silenciosamente erguida
va y viene por la superficie de la luna,
recorriendo a pie los continentes y los mares.

Levanto hacia ella mi mano,
agarro mi corazón como un pañuelo,
y lo agito, lo agito, lo agito,
porque ella no quiere mirarme:
ella aparta sus ojos de mí,
y no me mira.



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Y de seguro haber vivido tantas vidas, haber compartido el aire y el agua, el fuego y la tierra, con un "pez" como alter ego; ser temeroso al mismo tiempo que inquieto expectante de la trascendencia de la palabra "jamás", con su rechazo y su deseo del olvido y el recuerdo, de la presencia y la ausencia, del retorno y la aventura de un supuesto descanso que ignoramos y queremos imaginar, agota las exigencias del niño que traspasa la oscuridad de la infancia a través de mil tinieblas, penumbras y luces hasta tocar la punta de la estrella definitiva sin haber hallado respuesta a misterio alguno y seguir siendo portador, al cabo de tantas vidas, escombros y regocijos y la coherencia de una misma y continuada transfiguración, del testimonio de la inocencia.



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Jamás, con ese final


Si tomas entre los dedos
la palabra amor,
y la contemplas de derecho a revés,
y de arriba abajo,
verás que está hecha de algodón,
de niebla,
y de dulzura.

Si después aprisionas
la palabra música,
sentirás entre tus dedos
el crujir de una frágil
lámina de arena.

Si cae entre tus manos
la palabra jamás,
la terrible palabra
que pone punto final a la pasión
y al destino,
sentirás que está lleno de infinito,
y que la serpiente inmóvil de la S
es un eslabón entre el fuego y la nieve,
entre el infierno y el cielo,
entre el amor y la música.

La palabra jamás con ese al final
no termina nunca;
rodea la tierra y salta luego,
perdiéndose en el océano
de las estrellas.




La risa


Sentados a los pies del profesor
preguntábamos: ¿y la eternidad?
Y el buen viejo nos miraba con enojo,
hasta que por fin decía, contemplándose las manos:
"La eternidad no ha sido definida, pues se necesita
una eternidad entera para que abarquemos
el concepto de la eternidad.  ¿Habéis comprendido?"
Y nosotros, sentados a los pies del profesor,
nos reíamos tanto, reíamos con tan poco cansancio,
que nos llevaba una eternidad consumir la risa
producida por la definición exacta de la eternidad.

(1959)




Olvido



¡Cómo el olvido ha ido destruyendo
el mundo aquel que edificamos juntos!
¡Las abejas sonoras, los pastos, el estruendo
del río bramador acorralado, los difuntos
ecos del viento que partió gimiendo
con tu enorme cadáver, y ardió los juncos
con llama tan veloz que aún está ardiendo,
con ceniza tan cruel que aún están truncos!

Donde hubo razón de frescos vinos,
de panes floreciendo en la alborada,
de reluciente fruto mantenido

en remotos estrados cristalinos,
hoy sólo queda una sombra desgarrada
y tus restos luchando con mi olvido.




Soneto para no morirme


Escribiré un soneto que le oponga a mi muerte
un muro construido de tan recia manera,
que pasará lo débil y pasará lo fuerte
y quedará mi nombre igual que si viviera.

Como un niño que rueda de una alta escalera
descenderá mi cuerpo al seno de la muerte.
Mi cuerpo, no mi nombre: mi esencia verdadera
se incrustará en el muro de mi soneto fuerte...

De súbito comprendo que ni ahora ni luego
arrancaré mi nombre al merecido olvido.
Yo no podré librarle de las garras del fuego,

no podré levantarle del polvo en que ha caído.
No he de ser otra cosa que un sofocado ruego,
un soneto inservible y un muro destruido.






Retrato


Ese pobre señor, gordo y herido,
que lleva mariposas en los hombros
oculta tras la risa y el olvido
la pesadumbre de todos los escombros.

Él dice que lo tiene merecido
porque aceptó vivir, que no hay asombro
en flotar como un pez muerto y podrido
con la cruz del vivir sobre los hombros.

Cenizas esparcidas en la luna
quiere que sean las suyas cuando eleve
su máscara de hoy.  No deja huellas.

Sólo quiere una cosa, sólo una:
descubrir el sendero que lo lleve
a hundirse para siempre en las estrellas.

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