El propósito que nos anima al crear este nuevo blog es mantener vivo en el recuerdo ese retazo de tierra taína que nos vio nacer: Banes, acercando a todos los Banenses a través de la evocación de imágenes y recuerdos. Es el sitio virtual idóneo para detenerse a conversar, como en los viejos tiempos, relatando anécdotas que nos lleven definitivamente al reencuentro con el pasado. Complementa nuestra exposición una iconografía banense, así como una galería de banenses ilustres.

martes, 27 de julio de 2010

CARLITOS CANAVACIOLO UN FRAGMENTO DE MI LIBRO DE CRÓNICAS Y MEMORIAS BANES: LA PIEL DE LA MEMORIA.

CARLITOS CANAVACIOLO

Como digo, desde muy pequeño era aficionado a asistir a los funerales, nunca solo, siempre iba con Cuca, una de mis medio hermanas mayores o a veces con el mismo Pepe. Recuerdo además que visitaba con mi mamá a personas muy enfermas, como es el caso de Chicha Silva, quien murió unos meses después de nuestra visita. Quizás el entierro que más me impresionó fue el de Octavio Silva, una figura muy importante  dentro de la política local y hombre muy probo.                                                          
                                     
Vivía a la entrada del pueblo, frente a la Carretera de Veguitas, por lo que pude ver el desfile funerario. Fue muy emotivo e impresionante. Esa imagen me hirió la imaginación y en ocasiones la sueño.
También recuerdo otro funeral que no dejó de impresionarme. Pasando la Curva de los Quiñones como comenzó a llamarle el vulgo al sitio donde fatalmente perdieran la vida el padre y el tío de mi mejor amigo, Pedro Quiñones Ruiz , vivía el señor Antonio Díaz, quien curiosamente compró el auto que atropelló en La Habana a la popular actriz española María Valero, ocasionándole la muerte.
En ese auto acompañé muchas veces a mi madre a ver a mi abuela Mamá Fela. Recuerdo que traía una calcomanía de la artista pegada al parabrisas.
Una hermana del señor Antonio Díaz, no recuerdo su nombre, se volvió histérica cuando iban a retirar el cadáver de su madre para enterrarla.
Lo recuerdo perfectamente. La pobre mujer gritaba y quería impedir a los funerarios que condujeran el ataúd hasta la carroza. Se paseaba por los amplios corredores de la casona cantando entre sollozos: " Mírala qué linda viene. Mírala qué linda va. Es mi linda madrecita. Que se va y no vuelve más "...
La imagen que yo tenía de la muerte no era tétrica, tampoco divertida, sino más bien indiferente, tal vez por el hecho de que nunca vi a los difuntos durante la agonía. Lógicamente me impresionaban las escenas de dolor de sus familiares dolientes, pero como a mí me negaron la muerte de mi abuelita, no pude sentir de verdad todo el peso de esa angustia y ese vacío que nos deja en el alma la partida de los que queremos.
Todo eso cambió para mí cuando un accidente del que fui testigo le segó la vida a un niño llamado Carlitos Canavaciolo casi enfrente de nuestra casa. El hecho ocurrió una tarde previa al Día de Reyes, cuando su abuelita y el niño se bajaron de un ómnibus de la línea Crespi que cubría la ruta Banes-Holguín.
Venían de esa ciudad justamente a donde habían ido a comprar juguetes. Una vez que dejaron la "guagua", el niño se le soltó de la mano a la abuela y salió corriendo para llegar de sorpresa a su casa y mostrar sus juguetes y una camioneta negra, como embajadora de la muerte, conducida a toda velocidad, le arrancó la vida al pequeño.

Yo alcancé a verlo todo. Los gritos de la abuela y los de mi madre que confundió el nombre de Carlitos por el de Ricardito, aún repercuten en mis oídos. Mi hermanito, si mal no recuerdo, también presenció junto a mí el trágico accidente.

Después vino el funeral, al que asistí junto a mi mamá. No quise ver el rostro del pequeño en el ataúd como era mi costumbre en los otros funerales de personas adultas. En ese momento creo que pude comprender el fenómeno de la muerte, y un sentimiento de desgarramiento y desolación se arraigó en mi interior.
Desde ese acontecimiento entendí que la muerte era la separación, por lo menos aparente, entre los seres que se aman
.
Atiborré a mi padre de interrogantes a las cuales quiso responder de alguna forma inteligible a mi edad.
La muerte, según él, no era el final de nuestra existencia, sino el tránsito a una vida más plena, en una dimensión más real que la física. Me citó a Martí: " La última mirada de los moribundos nos indica una cita, no una despedida. La vida humana sería una invención repugnante y bárbara si sólo estuviese limitada a la vida en la Tierra. No, la tumba es vía y no término "...

Yo veía a mi padre como a un sabio. No había una sola pregunta o interrogante que le formulase que no me la contestara satisfactoriamente. Pero en esta ocasión no pudo convencerme muy fácilmente. El hecho estaba a la vista. La gente se moría y desaparecía para siempre.

Le hice la misma pregunta a mi maestra y le conté la respuesta que me dio mi padre al respecto. Quien me respondió fue su esposo, Don Alejandro, un hombre de trato un poco áspero. Me dijo: " nadie jamás ha visto a un muerto. Todo eso son pamplinas. Cuando a uno lo entierran siete pies bajo la tierra jamás vuelve a salir. Eres aún muy pequeño y no te dejes llevar por la fantasía que tu padre quiere meterte en la cabeza. Esos libros que Don Juan lee lo van a volver loco y si no te cuidas vas a terminar también loco o poeta soñador".

A la distancia de los años y después de evidenciar una serie de fenómenos auténticos de la casuística paranormal. Con una psicofonía o la voz de un "muerto" grabada "accidentalmente" en mi computadora, le podría responder al viejo Don Alejandro, si aún se encuentra en este plano físico, que le perdono su ignorancia con respecto a la "salida de sus tumbas" de los llamados muertos, porque para aquella época quizá nunca pudo leer sobre la evidencia científica del periespíritu o cuerpo espiritual, como le llamó San Pablo a ese vehículo sutil que acompaña al espíritu antes de animar un organismo biológico y que le sigue en su nueva condición de espíritu liberto. Y tal vez en lo que podamos coincidir sea en lo de convertirme en un "poeta soñador".

La verdad es que comencé este coqueteo con las musas desde mis días infantiles, cuando concurría a su casa convertida en plantel, dejándome arrullar a veces por la brisa entre las ramas del viejo canistel, donde a escondidas escribía mis primeros versos, mientras le oía a él riñendo con su pequeña hija o escupiendo una blasfemia .

© René Dayre Abella Fragmento del libro de relatos testimoniales Banes: La Piel de la Memoria, en proceso de edición.



EN ESTA VIEJA FOTO TOMADA EL DÍA DE MI CUMPLEAÑOS NÚMERO SIETE, APARECE LA NIÑA BELKIS CANAVACIOLO, HERMANA O PRIMA DE CARLITOS, ES LA PRIMERA NIÑA DE LA DERECHA.

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