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domingo, 30 de septiembre de 2012

Gastón Baquero: lo que no se dice

  • feb 26, 200923:59h
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Uno de los capítulos de la historia de Orígenes, aún por escribirse (sin menospreciar las notables contribuciones de Santí, Ponte, Rojas y Duanel Díaz, entre otros), es el que intente al mismo tiempo una historia, biográfica y política, de los desencuentros entre origenistas. Apenas se pone uno a buscar cualquier dato en hemerotecas (por ejemplo, la fecha exacta en que salió Gastón Baquero de Cuba, escoltado por los cuatro embajadores célebres) y empiezan a aparecer cosas curiosas, de las que no se habla mucho ni siquiera en nuestros más ambiciosos proyectos de historia intelectual.
Tomemos el caso de Baquero, por ejemplo. Se dice en voz baja, se comenta entre sonrisas, que el jefe de redacción del Diario de la Marina era un hombre “de derechas”. Que por eso se fue de Cuba en cuanto los barbudos entraron en La Habana. Pero esas cosas se sueltan al aire, más en las conversaciones que en los libros, y siempre sin demasiadas citas. Hay, por otra parte, una especie de pacto de silencio entre los origenistas sobrevivientes y los admiradores incondicionales de Gastón, algunos de los cuales le prepararon un (justo) desagravio habanero en 1994. Para nadie es secreto que el nombre de Gastón Baquero, de los pocos ineludibles en la historia de la poesía cubana del siglo XX (y de todos los siglos), fue expurgado cuidadosamente de la enseñanza y el canon literario oficial durante más de tres décadas. Le tocó también una página en blanco en ese museo particular de la infamia que fue el Diccionario de Literatura Cubana que el Instituto Cubano de Literatura y Lingüística editó en 1984.
Las razones, siempre calladas o dichas a media voz, con que se trató de justificar esta operación de censura fue la simpatía de Baquero por Batista, y su activo papel en el célebre diario conservador que él convirtió en su modus vivendi desde mediados de los Cincuenta hasta su salida de Cuba. Se calló todo el resto: las razones, los artículos, las conferencias, el activo trabajo de Gastón Baquero como publicista de una “derecha cubana” que todavía no se atreve a decir su nombre.
Algunos censores, en cambio, sí que sabían. Baquero tenía un enemigo jurado al que nunca renunció: Ernesto Guevara de la Serna, que en uno de los textos recogidos en La guerra de guerrillas lo menciona por su nombre de manera despreciativa y le adjudica el título de “vocero de la reacción”:
“La ley de Reforma Agraria —dice Guevara, el de las camisetas— fue una tremenda sacudida; la mayoría de los afectados vio claro ya. Antes que ellos, el vocero de la reacción, Gastón Baquero, había apuntado con línea certera lo que pasaría y se había retirado a las más tranquilas aguas de la dictadura española.”
Con ese claro precedente uno tiende a sospechar que, de no haber salido de Cuba, a Baquero le hubiera tocado una visita nocturna al paredón de La Cabaña. Pero se fue, exiliado a la España de Franco, lo cual era una elección coherente con lo que había pensado y escrito desde hacía 10 años.
Algunas de esas opiniones separaron a Baquero de Lezama, bastante antes del triunfo de la Revolución. Otras, engordaron el rencor del destierro (¿cómo habrá leído el poeta aquella famosa elegía de Fina García Marruz dedicada precisamente a su inquisidor?). Baquero, ya viejo y cansado, calló, rumió su largo exilio madrileño, y casi todo se fue olvidando. Ese silencio fue lo que hizo posible que años después intelectuales cubanos de inequívoco cuño fidelista, como Pablo Armando Fernández o Miguel Barnet, le prepararan una reivindicación a la medida de la mediocridad insular. Él poeta calló, sonrió, asintió. Estaba orgulloso de que los jóvenes volvieran a leer su poesía, pero nunca se le ocurrió volver a pisar la isla.
No creo que a la hora de hacer una verdadera historia intelectual de Orígenes y de la cultura pre-revolucionaria cubana haya que recaer en ese pacto de silencio que ha servido para reivindicaciones a deshora. Baquero escribió, y mucho, contra los fundamentos de la Revolución cubana. Y no sólo con el castrismo en el poder. Ya en 1947, en pleno gobierno de Grau, se negó a que le hicieran un homenaje que pretendía dejar a un lado o esconder como pecado intelectual su abierta simpatía por el franquismo. En el 53 defendió, incluso, que el Diario de la Marina perdiera 10 mil suscripciones “por defender a España” (es decir, a Franco). El Caudillo lo recibió personalmente varias veces, y no cuesta demasiado trabajo probar lo bien que encajó la vocación españolista del poeta cubano (junto con Cela o el último Vasconcelos) dentro de la idea de hispanidad que distinguió la política cultural franquista.
Y por supuesto, en cuanto salió de Cuba, Baquero empezó a recibir premios y a publicar en la prensa española opiniones vitriólicas sobre el proceso cubano que, por alguna razón, nadie se ha encargado de antologar o por lo menos de incluir en sus antologías.
Miren esto, por ejemplo. ¿Por qué este artículo ha quedado sepultado en las bibliotecas?
La verdadera grandeza de Gastón Baquero tiene que ver con su poesía. Pero hay algo de traición en esa imagen recortada y modosa, tan a gusto de nuestros intelectuales más pacatos, que borra de un plumazo el furor anticomunista del Baquero periodista. Por una de esas curiosas paradojas, su columna en La Vanguardia, se llamaba, precisamente “Con pluma cubana”.
Ernesto Hernández Busto
Barcelona
PD: Gastón Baquero en Penúltimos Días

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